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por:
Bernardo Monroy

Los dioses son entidades bastante elitistas. Independientemente la religión o la época sólo descienden al mundo y tienen contactos con los mortales para ordenar o recibir tributos. Sólo uno toma forma humana de vez en cuando e invita a un humano a una noche de juerga donde además de brindar protección paga todo el consumo.
Se trata del señor del vino, el desenfreno y la locura ritual. El hijo de Zeus y Sémele. Si. Con una copa de vino y completamente desnudo, el gran Dionisio desciende a elegir a un mortal para beber, volverse loco y divertirse, pues el Olimpo es un sitio muy aburrido.
Esta noche, el elegido es Héctor García. Empleado de medio tiempo en una empresa de telemarketing, veinticuatro años y estudiante de la carrera de administración de empresas. Un tipo gris, cuya mayor aspiración en la vida es casarse, tener un trabajo estable y comprar cerveza y totopos para ver el fútbol el domingo por la tarde. Dionisio lo eligió cuando apenas tomaba una cerveza al salir de trabajar. Uso su poder para que ésta lo emborrachara al instante. “Soy el dios griego del vino. Vámonos a divertir” Héctor tuvo deseos de escupirle a la cara, pero cuando la deidad afirmó “yo pago todo” no hubo objeción alguna.
Durante la Grecia Clásica, Dionisio gustaba de la música y el teatro. Actualmente, se consuela con ver en DVD Furia de titanes, Troya y 300 y escuchar canciones de Village People. Quizá porque el físico de sus integrantes evoca la perfección helénica.
Héctor conduce su volkswagen. En el estereo suena macho man. Dionisio está completamente desnudo y mira el mundo de los mortales como sólo un dios puede hacerlo: con arrogancia y diversión. Desde que salieron del bar ya han destruido dos postes de luz, cinco teléfonos públicos, cuatro jardines, el aparador de una cafetería y atropellado a tantos perros callejeros que las llantas han adquirido un brillante tono escarlata. La gran ventaja de llevar contigo a un dios es que ante esas circunstancias tu coche no sufre una sola abolladura… de hecho ni siquiera un rayón.
No es necesario detenerse en vinaterías, bares o cantinas. Dionisio tiene el poder de producir en sus adoradores el estado de ebriedad. Los agradables mareos. La sensación de despreocupación. La insensibilidad. Sentirse libre, desinhibido, superior, invencible. Feliz. Tan desenfrenado como Homero llegando a Ítaca o como contemplar Troya. Como Heracles cumpliendo los trabajos. Como Psiquis y Eros sintiendo pasión.
Cerca de la una de la madrugada, sucede lo que tiene que suceder. Una patrulla sigue al Volkswagen y les pide detenerse. Héctor prefiere no poner objeción y obedecer. De la patrulla bajan dos oficiales de tránsito que más bien parecen hermanos gemelos: baja estatura, boca abierta en todo momento y tan obesos que al desplazarse más bien parecen dos pelotas flotando en una piscina. Los acompaña una mujer delgada con bata. Llegan hasta la ventanilla del conductor. Cuando la abre, un tufo de vino invade kilómetros enteros.
-Buenas noches, joven. Baje del auto.
Después de unos minutos de discusión, Héctor obedece. Uno de los oficiales de tránsito descubre que quien está sentado al conductor está completamente desnudo, lleva una corona de laureles y sostiene una copa de oro puro. “Porque soy un dios”, dice mirándolo a los ojos de una forma que un mortal simplemente no podría y sin más, desciende del auto y le escupe a la cara. Dionisio regresa al auto y cierra la portezuela.
La mujer con bata, médico de la policía, y los dos oficiales de tránsito, le aplican a Héctor las pruebas de rigor mientras él las realiza sin ningún esfuerzo. Hacer cuatros, tocarse la nariz con el dedo… finalmente, el alcoholímetro: apenas registra un 1.1%. Entretanto, Dionisio permanece sentado en el auto, escuchando In the navy. La pobre doctora y los oficiales de tránsito están desconcertados. Pareciera como si el presunto borracho tuviera ayuda divina. Dionisio suspira fastidiado y baja del auto. Moviéndose completamente desnudo y llamando la atención.
-¿Qué onda, mortales? –dice. Sólo necesita estar unas horas para comprender la forma de hablar del siglo XXI.
Mira con desprecio a la doctora y a los dos oficiales. “Permítanme”. Susurra. Del cuello de la mujer arranca un collar con un crucifijo y del chaleco de los hombres una imagen de La Virgen de Guadalupe y otra de Jesucristo. Las arroja lejos.
-Cero competencia, vatos. Greek Gods rules!
El desconcertado trío permanece como columnas del Partenón. Dionisio mira a Héctor, ordenando:
-Corre, pero ya.
Héctor obedece. De improviso la patrulla estalla. Llevándose las vidas de la doctora y los oficiales de tránsito. Inexplicablemente, pese a la cercanía, el automóvil de Héctor está intacto. Los tres cadáveres chamuscados permanecen en el suelo, entre fuego y trozos de metal y vidrio. Héctor se queda paralizado mientras que, con indiferencia, Dionisio sube al auto con su usual aire de arrogancia e indiferencia, diciendo:
-¿De qué diablos te asombras? A los putos persas les fue peor. De estas personas las Moiras han cortado sus hilos… Cloto, Láquesis y Átropos, "la que hila", "la que asigna el destino" y "la inflexible", han decidido que tuvieron bastante de su mediocre existencia.
Héctor se encuentra nervioso. Una vez sentado, apenas puede sostener el volante en sus manos. Dionisio enciende el estero para escuchar Go west. De nuevo arrancan dejando atrás lo que quedó de la patrulla. Conducen todo derecho por una oscura calle hasta que de nueva cuenta el auto se detiene de golpe ante una figura de aspecto femenino que sube por el toldo. De nuevo, la defensa ni siquiera se abolla. Héctor estaciona el auto y baja con tanta rapidez como si el asiento estuviera electrificado. “No, no, no, no, no, no…” susurra.
Observa el cadáver de una mujer que sostiene una bolsa con botellas de leche y Gerber. Su rostro es una mancha de sangre y tierra con expresión de desconcierto.
-Estaba comprando algo para su bebé –responde Dionisio-. Tú no te aflijas, ya va navegando por el Estigia -. Alza su copa de oro y derrama parte del vino sobre el suelo-. Ven. ¿Despreciarás mi néctar? Oye, los policías son una vergüenza, se lo merecían. Son un insulto, ¿Qué comparas su intelecto y su físico con espartanos y atenienses? Y esta mujer… pues es el destino. Ni los dioses podemos escapar del destino. ¿O qué no lees las tragedias griegas?
Sin más, Héctor sube al Volkswagen. Primero estaba excitado. Luego fascinado. Después sorprendido. Más tarde asustado y ahora, verdaderamente aterrado.
-Mira, si lo que te preocupa es terminar en la cárcel, yo me encargaré de que no sea así. Los dioses te podemos proteger. ¡Ah, cabrón, ya quita esa cara, estás peor que Edipo y ese güey sí que tenía pedos!
-Quiero ir a mi casa –susurra Héctor.
-Pinche llorón –susurra Dionisio-. Pero en fin, como tú quieras.
Héctor conduce de regreso a su casa, escuchando Y.M.C.A. Al llegar, estaciona el auto en la cochera y baja camino a su dormitorio, temblando. Cae en su cama de un solo golpe.
-Bueno, yo ya me voy. Tengo una cita con Hera en una hora. Nunca más nos volveremos a ver, mortal… y no te preocupes, mañana no sentirás cruda… aunque de la cruda moral no prometo nada.
Dionisio desaparece en una nube violeta, dejando tras de sí un olor a vino.
Héctor García piensa, antes de caer dormido a causa de la borrachera, si aquella noche dionisiaca ha sido una comedia o una tragedia griega.

Dedicado a los oficiales de tránsito… ¡Los amo, todos ustedes son mis amigos!

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